El arte de portarse bien

Pedro Díaz G./Enviado
Maracaibo, 15 de agosto.- Sobre la avenida 15 Delicias, por la noches, trabajan: prepararán comida típica, como los patacones, una especie de sincronizadas cuya tortilla es más bien plátano frito y adelgazado en forma de disco, variación modernista de la comida criolla. También acudirán, desde muy temprano, a los supermercados en donde pasarán la vida empacando víveres a cambio de algunos billetes, generalmente, para apoyar al sustento familiar.
Deberán cuidarse, por supuesto, de los huelepegas que les esperan al salir de sus trabajos y que, a cambio de, por ejemplo, reunir cientos de latas de aluminio para venderlas a ínfimos precios el kilo, como algunos que deambulan entre la basura, prefieren el dinero fácil:
--...Tienen palos y siempre nos están molestando. Esperan a que salgamos y nos siguen para quitarnos las ganancias. Ayer, un policía se dio cuenta y tuvo que apuntarle a uno con su pistola para que me regresara mi dinero –cuenta Jonnhy, que guarda en su koala, pequeña bolsa atada a la cintura, casi tres mil bolívares reunidos en las tiendas Makro.
Por eso, por la violencia social que se desata entre los pequeños del barrio, y “por querer ser un buen chamo” es que Titi practica el taekóndo, o sea, el taekwondo, por las tardes, de cuatro a seis, después de salir de la escuela y antes de partir a su trabajo nocturno como cocinero de platillos deliciosos.
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No. No hay muchos espacios públicos para los maracuchos en esta ciudad que, como tantas, basa su desarrollo en una nada óptima utilización de sus áreas urbanas.
Se extiende hacia los lados Maracaibo en asentaciones irregulares sin límites. Y aunque apenas su población alcanza poco menos de dos millones de habitantes, no hay lugares suficientes para el recreo y el esparcimiento.
¿Qué hacer?
Han decidido, por ejemplo, readaptar espacios que comúnmente permanecen cerrados a ritos cada vez menos frecuentes: el cementerio La Chinita decidió rehabilitar sus instalaciones. Jardines, remozamiento a espacios abiertos; acceso a bicicletas y colocación de juegos mecánicos, pistas para patinar en ruedas; además de andadores para paseos familiares, son algunos de sus nuevos atractivos.
La evolución de la ciudad ha repercutido en cambios sustanciales en el modo de vida de los maracuchos de hace unas décadas.
Aquí los automovilistas tienen prioridad y es ciudad que se cruza en unos minutos. Pocas veces existe tráfico, a no ser por obras que cierran corredores o distribuidores, como llaman a las vías de rápida circulación que no alcanzan a denominarse autopistas. Y todos los bocinazos son agudos, aunque provengan de enormes y vetustos impalas o caprices de la década de los ochenta, o audis y mercedes con diseños que adelantan cómo será el nuevo milenio. Nadie reclama a no ser por algún claxonazo y las peleas entre automovilistas son casos verdaderamente aislados.
Del mercado popular –a la izquierda entrando por el puente Urdaneta, en Punta de Piedra—a los grandes centros comerciales –como el Galerías, con cientos de locales, boliche, pista de hielo, canchas de tenis--; de las calles peatonales a las rutas de alta velocidad –ya se planea un inmenso trébol al costado del estadio Luis Aparicio, en Los Olivos--; de los juegos callejeros –en pequeñas plazas de barriada-- a la televisión por cable, poco a poco se ha ido restando sitio para el esparcimiento de esta niñez que debe convefrtir su vida cotidiana en el arte de portarse bien.
Poco a poco desaparecen los momentos para el recreoal aire libre y se da paso a las tardes en los llamados malls con clima artificial.
Al abrupto cambio de cultura le urge una recapitulación.
Venga, disfrute las tardes de sábado y domingo con sus muertos. Realice sus picnics, sus fiestas infantiles; corra para mejorar su salud. Hágalo venerando de pasada a sus muertos en el Cementerio Jardines de La Chinita.
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¿Cómo salvar a la infancia de ese flagelo de drogadición que en estas calles está a la vuelta de la esquina?
La jefa del departamento de cajas en el supermercado Victoria de Las Américas habla de los niños que con ella trabajan:
--Al menos a todos los que aquí tenemos se les comprueba que sean niños bien portados. Que no vaguen por las calles o pierdan el tiempo inútilmente en pandillas que se reúnen por las noches. Se habla con sus padres... y se les incentiva: cada fin de año uno de ellos es premiado por nuestra tienda y, como si llegara Santa Clós, se le ‘viste de Navidad’. Es decir, se le compra un nuevo guardarropa al que mejor trabajo haya hecho a lo largo del año. Se trata de alejarlos de las drogas, de los grupos de malos amigos. Ellos lo entienden y luchan por su superación. Se les enseña a tener una conducta respetuosa hacia los clientes.
Así, muchos pequeños desde los ocho años de edad, ingresan a la labor productiva del país con mínimos derechos laborales, a cambio de un futuro algo promisorio.
Así pasan sus días.
Aunque hoy se les vea gritando desaforadamente en el estadio Pachencho Romero, en las pruebas de atletismo, o en el gimnasio de basquetbol cuando las venezolanas derrotan a sus rivales de Cuba, desde donde sus alaridos recorren el mundo en voz de los cientos de periodistas que les observan, felices, tan sólo en espera del futuro.
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Se dispone Titi a preparar un patacón con carne mechada. Uno más.
Tiene apenas catorce años y deseos infinitos de ser campeón mundial de taekóndo, el deporte que lo defiende, además, de los huelepegas que caminan solitarios por las calles.
--¿Y usted, señor, ha viajado mucho?, ¿conoce Francia?, ¿es bonito? Grita a sus hermanos: "¡Los señores son muy importantes!"

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