En pos de las medallas, el deporte mexicano. Tras las historias, el cronista infatigable
Elevador: una historia que son muchas

Pedro Díaz G./Enviado
Maracaibo, 11 de agosto.—Les sucedió a cuatro mexicanos y pronto la noticia por diversas circunstancias recorrió el mundo en la vorágine de un amarillismo que se sustenta en extraños manejos periodísticos. Los volibolistas Carlos Coronato, Gerardo Martínez, Jesús Rangel y José Luis Martell viajaban en el elevador de la torre verde con la intención de llegar a la planta baja. Lo tomaron en el ocho y tenía oprimido el diecisiete así que, junto una atleta de nombre Marili y el entrenador dominicano de atletismo Fernando Winston Chapman de 43 años con algunos kilos de más, subieron pacientemente. Cuando el ascensor estaba por llegar a la planta baja, y entre el segundo y primer piso, intempestivamente se detuvo ante el azoro y les hizo doblar las piernas, desconcertados. Se miraron unos a otros y una queja de dolor surgió entonces del dominicano que ya con una lesión en el otro pie tuvo, tras el reporte médico: fractura de meseta tibial externa de rodilla derecha más lesión de ligamento interno lateral exterior y cruzado anterior según reportaría más tarde el doctor de su delegación, Juan Niemen. Se le enyesó --lo estará 21 días-- en una clínica privada hasta donde llegó en ambulancia; el viernes tiene una nueva cita. ¿Sobrepeso? Nada. Los espigados deportistas no reunían, junto con Winston, las características para algo así pues estos elevadores soportan hasta a trece personas. Pero el diario Panorama, con las instalaciones más novedosas del país, es rotativo al que la gente aquí poco cree: se desplomó un elevador desde el sexto piso: heridos. Pánico de mexicanos y dominicanos en la villa centroamericana, publicó, y pronto la noticia inundó las redacciones. Tendencia hacia el partido Acción Democrática al que pertenecía Carlos Andrés Pérez, el ex presidente, aducen en Maracaibo. Por eso la insólita exageración: siempre está en contra de lo que hace el gobernador Francisco Arias Cárdenas y eso ante los ojos de un pueblo complacido, es inválido. El elevador cuenta con un sistema que lo asegura cada tres pisos de sus dieciocho en casi de caer y mientras tanto el jefe de seguridad de la villa ha sido despedido. Una joven que nadie supo si era puertorriqueña o afanadora por lo similar de sus vestimentas y que lleva “como ocho ataques epilépticos” fue transportada en la misma ambulancia. Veinte minutos estuvieron atrapados y tuvieron que salir, uno a uno, por la escotilla superior antes de irse a dormir. “Dijimos: vámonos por las escaleras”, cuenta Carlos Coronato, “pero al otro día ya le habíamos perdido el miedo. No pasó nada, en realidad”, dice y manda calma y saludos a los padres de toda la delegación mexicana que no dejaron de llamar para saber qué sucedía con sus adorados hijos tan lejos de casa: nada.
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