Una torre vestida con bandera
Villa Centroamericana, tomada por los colores mexicanosPedro Díaz G./ Enviado
Maracaibo, 10 de agosto.- Desde la amarilla malla ciclónica que rodea a la manzana de la villa centroamericana, se puede distinguir, en el cuarto piso del edificio verde (coincidentemente llamado solidaridad) una gran manta: bienvenida, delegación mexicana.
Pero lo que realmente emociona es la enorme bandera que en el cubo interior del edificio, y entre los pisos cuatro y seis (del cuatro al nueve tiene la delegación mexicana), han colocado nuestros atletas.
Cuatro son las torres de 18 pisos que albergan a los atletas. Amarilla, marrón y azul. 17 apartamentos por piso, tres recamaras por cada uno y ocho camas además de la sala de estar, con una pequeña mesita, un baño y el cuarto de lavado.
Ahí se apiñan cómodamente los deportistas.
¿Cómodamente?
Sí, porque todo funciona bien en esta villa ya especializada en recibir delegaciones. Construida para los Juegos Bolivarianos de hace cinco años tiene todo preparado para que nada falle.
Acaso la única dificultad sea el esperar algunos minutos más los alimentos, en el comedor, pues, como cada día hay variedades distintas la tardanza se torna eterna y el hambre arrecia.
Cinco mil jóvenes conviven llevados por el rapto de la emoción y se cuentan historias, hablan de sus culturas; ríen. Intercambian vocablos; se enamoran y juran escribirse hasta más allá de la eternidad.
Son jóvenes. Y disfrutan lo que para ellos ha deparado la vida.
Están aquí y lo mismo andan en bicicleta dentro de las instalaciones que cruzan la calle para comprar en el centro comercial o salen a cambiar sus dólares al banco, siempre lleno.
Nadie, a no ser ellos y sus entrenadores y equipo técnico, podrá penetrar las puertas de acceso resguardadas celosamente por la Guardia Nacional.
Duermen bien, porque las tres habitaciones del apartamento poseen aire acondicionado. Sólo ahí. Así que el suplico mayor, además, será encontrarse en el elevador: cada torres posee seis, pero en la verde sólo cinco funcionan.
El tercero de los niveles tiene, para los mexicanos, una apartamento habilitado como sala de masajes. Y entonces sí, ahí está también lo divertido pues mientras se relajan de la tensión, de lo cansado del esfuerzo y lo rabioso del calor, charlan cómodamente recostados en espera de que las cosas salgan bien.
Una televisión les acompaña mientras músculos y tendones aflojan y sueros y vitaminas les son aplicados para contrarestar los efectos del calor.
Dayana es una maracucha que adora a Juan Gabriel, admira hasta el límite a Talía y enloquece no sólo por los mexicanos --“los más simpáticos de todos”, aunque no los más alegres, “pues esos son, por bullangueros y gritones, los dominicanos, a los que les siguen los puertorriqueños; detrás, mis amigos de México”-- que todas las tardes acude a las afueras de la villa en espera de una conquista. Se le verá ahí, día a día, con unas hojas arrugadas que guarda en el pantalón y en donde anotará autógrafos y, si bien marcha todo, quizás hasta dirección y teléfono con la impecable lógica de que conociendo gente aumenta su posibilidad de, algún día, cruzar las fronteras. Escapar. “Hacer mundo”, dice.
Y como ella, muchas más.
También estará, por ahí, Néstor, un venezolano que ha viajado dieciocho horas desde Puerto La Cruz para vender playeras a las puertas de la villa, aunque a pesar de extender los brazos a la infinidad de personas que por sus ojos cruzan, poco ha vendido. Con el sello de concupiscencia en la mirada, dirá, a pesar de todo, que las más bellas mujeres de Venezuela se dan en su región.
Tarjetas telefónicas, cepillados, como llaman aquí a los raspados de sabores; por aquello de cepillar el hielo, gorras... Y decenas de camiones que se apostan al costado de la catedral de Chiquinquirá, en la calle que la divide de la villa y que con toda paciencia ordenan los servicios de seguridad. En la puerta que vomita gente todo el tiempo y aún antes de que crucen la escalera, ya les preguntan, a gritos, los voluntarios:
--Y ustedes, ¿a dónde van?
--Al polideportivo.
--A la sala de combates.
--Al estadio Luis Aparicio.
--...Por acá, vengan. En éste les toca.
Y partirán los autobuses de inmediato en esta, que parece una perfecta organización.
Música que sale por las ventanas y alcanza a la avenida Miranda; charlas amistosas en los corredores y ecos que se antojan gritos sordos. Ires y venires como hormigas enloquecidas.
La villa.
--¿Te gusta?
--¡Está cheverísima?, dirá Dayana.
Lo está, dicen los atletas.

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