
“La mejor venganza es el progreso”
Pedro Díaz G./Enviado
Maracaibo, 18 de agosto.- Ha sido el desamor el que le trae hasta acá, a esa sala sin muebles en el noveno piso de la torre verde en la villa centroamericana y le hace decir, con voz pausada, que nada le importa que Félix Savón sea campeón mundial, medallista olímpico, símbolo cubano.
“Su nombre no me lastima”, atreve.
Daña más el olvido.
* * *
Nació Alejandro Virgen en Ensenada, Baja California y de pequeño acompañaba a don Rafael, su padre, a las largas jornadas mar adentro, en busca del pescado. De aquel entonces guarda como indeleble imagen la del océano en perfecta unión con el azul del cielo y, en el medio, ellos, apenas una embarcación extraviada a la distancia.
--En el aislamiento, los pescadores, mi padre, fueron convirtiéndose en mecánicos de altamar, que no es otra cosa que la lucha por la superviviencia: si el motor falla, no quedará más remedio que improvisar, si las piezas dañadas no están a bordo, o cambiarlas si la bodega posee la refacción necesaria.
La vida transcurría, para la familia Virgen, en la perfecta comunión con las aguas del Pacífico.
Hasta que:
--...Llegó el día en que el pescado (atún, anchobetero...) escaseó, y la población comenzó a disgregarse sin control.
Dos hijos tenían don Rafael y Sonia Virgen. Alejandro de diez años y Priscila apenas tres, cuando vieron una tarde que se empacaban maletas, se desnudaba la casa y, papeles en mano, enfilaban juntos hacia la frontera.
Lo supo después: su tío Pablo Gallegos, gerente de una fábrica de materiales y refacciones para la aeronáutica, se enteró de la crisis y, conocedor de las habilidades mecánicas de Rafael, le invitó a trabajar con él, en Estados Unidos, a donde pronto llegó como si de otro mundo se tratase.
Ya sus labores no eran en vetustas maquinarias. Robots, computadoras. Tecnología fue lo que encontró en la fábrica, donde comenzó como ayudante y ahora, diez años después, pasa la vida como jefe de mantenimiento de la planta.
Buen salario.
--Gracias a Dios mi padre siempre logró darnos una buena vida debido a su trabajo y sus ganas de triunfar. Yo inicié la escuela; llegué a High School...
La vida le tenía deparadas sorpresas a Alejandro Virgen, desde muy pequeño (“prácticamente no tuve adolescencia; tuve que madurar muy pronto”).
Fue en las calles de Palmdale, al sur de California, donde la conoció.
Claudia, salvadoreña que pasó parte de su infancia en Australia, reunía los requisitos del amor. Convivían casi permanentemente y ella inclusive le acompañaba, y le esperaba, cuando partía después de clases al gimnasio del barrio, a practicar el pugilismo.
--Pero su embarazo me hizo crecer a fuerzas cuando apenas cumplíamos 17. Y aunque nuestros padres no fueron aprensivos como se acostubra, pues nunca nos dijeron: ahora se casan, de verdad que nos queríamos y juntos decidimos seguir adelante. Al principio fue difícil, pues ella comenzó a tener problemas en su casa y yo aún no trabajaba. Se mudó a vivir con mis padres pero eso era algo que yo no deseaba, así que me metí a trabajar.
Buen empleado resultó Alejandro Virgen y en unos meses tenía controlado, en la fábrica de material para aviones, todo lo relacionado a la calibración de precisas herramientas que requieren hasta de temperaturas exactas para su óptimo funcionamiento”.
Buena paga que le permitió el alquiler de un apartamento y, ya solos, se disponían, junto con el pequeño Jonathan, a disfrutar de ese misterio llamado relación de pareja, en unión libre.
No dejaba a un lado los entrenamientos, que poco a poco se iban convirtiendo en parte inobjetable de su vida. Pero sucedió: nadie sabe cuándo comenzaron los pleitos pero cada vez el tono de la voz se levantaba a decibeles poco a poco menos soportables. Claudia trabajaba entonces, lo hace ahora, como agente de bienes raíces y como notaria pública.
--Un compañero de su trabajo comenzó por obsequiarle flores y sus amigos pronto la convencieron de que merecía a alguien mejor que yo.
* * *
En casa de Alejandro Virgen viven permanentemente decenas de chiquillos. Ya en Estados Unidos, doña Sonia admitió que era tal su amor fraterno que alcanzaba para más. Notaba las diversas formas de maltrato infantil y escuchaba las cada vez más asombrosas historias que ocurrían en el barrio. Se inscribió entonces en un programa estadounidense de apoyo y, de cuando en cuando, le llaman, le envían pequeños que lo mismo permanecen con ella y su familia un día, dos, quizás hasta meses, en lo que se resuelven situaciones entre los juzgados de la región.
--Les dice, cuando llegan: ‘aquí tendrán los mismos derechos que mis hijos. Si yo les digo esto no se hace, no es capricho: no lo hacen ni ustedes ni mis dos hijos. El tiempo que estemos juntos, seremos como una familia’ y ellos lo entienden. Nosotros los queremos sin prejuicios.
Hace cinco años, cuando tenía apenas siete días de nacido, llegó doña Sonia con Albin, un pequeñito negro del que se enamoró al primer suspiro como lo hicieron don Rafael Alejandro y Priscila. No dudaron en adoptarlo.
--Yo jamás he contado esta historia. A nadie digo que es adoptado. No lo siento como tal. “Es mi hermano’, respondo a quien pregunte, a pesar de la extrañeza de sus rostros.
* * *
“Me dolía mucho todo aquello los primeros días. Nos separamos. Ella me dijo, entonces: ‘la mejor venganza es el progreso’...”
--Pero yo seguía sufriendo.
Lo hacía Claudia, también, mientras cuidaba al pequeño Jonathan.
Un día, Alejandro se enteró de que su ex mujer partía hacia el aeropuerto bebé en brazos. Corrió, buscó a la policía, explicó el caso y, sirenas abiertas, un convoy atravesó la ciudad para llegar apenas a tiempo: Centroamérica, era el destino, pero la historia terminó, aquella tarde, en la corte federal.
Ganó puntos Alejandro ante los jueces de California. Es costumbre general en esos lares que la mujer demande: que si por golpes, que si por abandono, que si por dinero para mantener a sus pequeños.
El sólo pedía que le dieran a Jonathan, que hoy tiene un año y siete meses.
La sentencia:
--Podía tenerlo conmigo los tres primeros fines de semana y el cuarto y quinto jueves de cada mes.
* * *
Abandonó Alejandro el departamento y se fue a vivir con doña Colin, madre de Héctor López, medallista olímpico mexicano que de Glendale se cambió a Palmdale y es con su hermano Sergio con quien entrenaba hasta que una tarde la señora llamó al Comité Olímpico Mexicano y habló de él con las autoridades boxísticas. Se acercaba el torneo Guantes de Oro que el había ganado ya y condición fue entonces obtener el título de nuevo. Esa sería su tarea. Lo hizo. Viajó a México apenas hace dos meses y sobrevive con la beca que le da el comité que nada se compra con aquellos sueldos en dólares como especialista técnico. Pero:
--Siempre he amado al boxeo. Algún tiempo lo dejé, por los problemas. Pero la verdadera fuerza que me tiene aquí son aquellas palabras de Claudia y ese amor por México que, aunque parezca extraño, se te mete en cada poro de la piel cuando estás lejos.
Son amigos ahora, Claudia y Alejandro. “Solucionemos el caso como adultos”, acordaron y atrás quedarían las sesiones ante el juez.
Hoy, Alejandro dice respetar a Savón por su historial; por su carrera. Sabe que, con sus apenas 86 kilos será desventaja subir al cuadrilátero de La Cotorrera la noche de mañana ante los 91 del cubano; no le importa llevar apenas trece combates.
--La mayoría sube derrotado. A mi Félix Savón no me impresiona y, por el contrario, cuando supe que era mi rival el corazón se me llenó de orgullo.
--Será difícil; acaso imposible...
--Sí, pero más duele el desamor.Agosto, 1998